“Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará al mundo” de Jason Hickel

El autor apuesta por el decrecimiento –con medidas como desmercantilizar los bienes públicos y acortar la jornada laboral– para lograr un futuro mejor.

Este es un fragmento del libro Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará al mundo (Capitán Swing), de Jason Hickel, antropólogo económico y catedrático del Instituto de Ciencia y Tecnología Medioambiental de la universidad Autónoma de Barcelona.

«[…] Empecemos por el reto más inmediato al que nos enfrentamos. Según el IPCC, si queremos mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 (o incluso 2) grados centígrados sin depender de tecnologías especulativas de emisiones negativas, tenemos que reducir el consumo mundial de energía. ¿Por qué? Porque, cuanta menos energía utilicemos, más fácil será lograr una rápida transición a las renovables. Por supuesto, los países de ingreso bajo aún tienen que incrementar su consumo de energía para satisfacer las necesidades humanas de su población. Por lo tanto, es en los países de ingreso alto en los que tenemos que centrarnos en este ámbito; países que consumen muchísimo más de lo que necesitan.

No se trata solo de modificar las conductas individuales, como apagar las luces cuando salimos de una habitación. Sí, esas cosas son importantes (y, obviamente, tenemos que pasar a utilizar bombillas led, mejorar el aislamiento térmico de las viviendas, etc.), pero lo que tenemos que hacer en realidad es cambiar la forma en que funciona la economía. Pensemos en toda la energía que hace falta para extraer, fabricar y transportar todo lo que la economía produce cada año. Hace falta energía para extraer las materias primas de la tierra y para hacer funcionar las fábricas que las transforman en productos acabados. Hace falta energía para empaquetar esos productos y repartirlos por el mundo en camiones, trenes y aviones, para construir almacenes en los que guardarlos y comercios en los que venderlos, y para procesar todos los residuos que generan cuando se tiran a la basura. El capitalismo es un gigantesco engranaje succionador de energía. Para que disminuya el uso de energía, tenemos que abandonar el crecimiento agregado como objetivo, reducir las formas menos necesarias de producción y colocar la búsqueda de resultados sociales positivos en el centro de la economía.

A eso es a lo que nos referimos con “decrecimiento”. El decrecimiento consiste en reducir los flujos de materiales y energía de la economía para volver a ponerlos en equilibrio con el mundo viviente, al tiempo que se reparten los ingresos y los recursos de manera más justa, se libera a las personas del trabajo innecesario y se invierte en los bienes públicos que necesita la gente para disfrutar de una vida próspera. Es el primer paso hacia una civilización más ecológica. Por supuesto, estas medidas pueden hacer que el PIB crezca más despacio, que deje de crecer o incluso que decrezca. Si eso ocurre, no pasa nada, porque lo que importa no es el PIB. En circunstancias normales, esto podría causar una recesión. Pero una recesión es lo que ocurre cuando una economía que depende del crecimiento deja de crecer: es una catástrofe. El decrecimiento es algo completamente diferente. Consiste en llevar a cabo una transición a un tipo de economía totalmente distinta: una economía que no necesite el crecimiento ya de entrada. Una economía que se organice en torno a la prosperidad humana y la estabilidad ecológica, no en torno a la acumulación constante de capital.»

Medida 1. Poner fin a la obsolescencia programada

[…] «Aquí nos encontramos con una paradoja. Nos gusta pensar que el capitalismo es un sistema basado en la eficiencia racional, pero lo cierto es que es exactamente lo contrario. La obsolescencia programada es un tipo de ineficiencia intencionada. La ineficiencia es (extrañamente) racional en el sentido de que permite maximizar los beneficios, pero desde la perspectiva de las necesidades humanas —y desde el punto de vista ecológico— es una locura: una locura por los recursos que desperdicia y una locura por la energía innecesaria que consume. También es una locura en lo que respecta a la mano de obra humana, si pensamos en los millones de horas empleadas en fabricar teléfonos móviles, lavadoras y muebles simplemente para llenar el vacío que crea de forma intencionada la obsolescencia programada. Es como ir echando ecosistemas y vidas humanas en el pozo sin fondo de la demanda. Y el vacío jamás se va a llenar.

En una economía verdaderamente racional y eficiente, las empresas como Apple innovarían para fabricar dispositivos duraderos y modulares (como el Fairphone, por ejemplo), reducirían sus ventas de nuevos productos y mantendrían y actualizarían los productos existentes siempre que fuera posible. Pero en una economía capitalista esto no se contempla. Hay quien puede tener la tentación de culpar a la gente por comprar demasiados móviles o lavadoras, pero eso es no entender el quid de la cuestión. Los individuos se convierten en víctimas de este engranaje. Culpando a las personas apartamos la atención de las causas sistémicas.

¿Cómo podríamos resolver esta ineficiencia? Una opción es hacer que los productos tengan que incluir obligatoriamente extensos periodos de garantía. La tecnología necesaria para que los aparatos duren entre dos y cinco veces más de media y tengan una vida útil de hasta 35 años ya existe, y con un coste adicional mínimo. Con una legislación sencilla, podríamos exigir a los fabricantes que sus productos tuvieran un periodo de garantía de la misma duración que la vida útil máxima posible. Si Apple tuviera que ofrecer una garantía de diez años, está claro que rápidamente se pondría a rediseñar sus productos para hacerlos resistentes y actualizables. También podríamos introducir un “derecho a la reparación”, haciendo que fuera ilegal que las empresas fabricaran productos que no puedan ser reparados por los usuarios corrientes o por mecánicos independientes y con piezas de repuesto asequibles. En varios parlamentos europeos ya se está contemplando aprobar leyes de este tipo. Otra opción sería adoptar un modelo de alquiler con los aparatos y electrodomésticos grandes, que exigiría que los fabricantes se hicieran cargo de todas las reparaciones, con actualizaciones modulares que mejoraran la eficiencia siempre que fuera posible.

Este tipo de medidas garantizarían que los productos (no solo los electrodomésticos y los ordenadores, sino también los muebles, las casas y los coches) duraran mucho más de lo que duran actualmente. Y los efectos serían notables. Si las lavadoras y los móviles duraran cuatro veces más, nuestro consumo de estos productos sería un 75 por ciento menor. Eso supone una reducción importante del flujo de materiales, sin ningún impacto negativo en la vida de la gente. De hecho, si acaso mejoraría la calidad de vida, ya que la gente no tendría que soportar la frustración y el gasto de estar reemplazando sus aparatos constantemente.»

Fuente: Climática La Marea

20/03/2024

 

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