El falso dilema de crecer o no crecer

Por Ana Campos *

«Ser o no ser» es el dilema ético al que se enfrenta Hamlet tras la visita del fantasma de su padre, sacudido por el sufrimiento ante su mala fortuna, la tentación de la huida fácil, y el miedo a lo desconocido; sentimientos universales que han hecho del «ser o no ser» un referente para expresar la duda existencial provocada por el abismo que a menudo separa el deseo de lo que la realidad ofrece.

En el siglo XXI «ser o no ser» se expresa con otro verbo, «crecer», pues desde la modernidad el progreso material ha devenido en faro de nuestra existencia. «Crecer» se ha convertido en sinónimo de bienestar, mientras que «no crecer» (decrecer) lo es de adversidad. Una falacia muy fácil de desarmar, que nos está cegando ante la magnitud de una crisis medioambiental que, de no ser combatida con contundencia, provocará un sufrimiento inenarrable. Frente al deseo de crecer, la realidad, tozuda, nos muestra un camino diferente. ¿Mala fortuna o, tal vez, punto de inflexión a una existencia vacua?

No es el objetivo de este post discutir sobre dilemas existenciales sino volver a recordar cuál es esa tozuda realidad de una manera aséptica, evitando las contaminaciones ideológicas que empañan los debates consiguiendo mantener a una buena parte de la opinión pública entre la confusión y la ignorancia por razones que no son nada inocentes. Vivimos en un planeta finito de recursos limitados, lo que imposibilita cualquier forma de crecimiento indefinido de tipo material. Sólo recurriendo al pensamiento mágico es posible entender que pueda ser negado un postulado físico tan básico: de algo que es finito no puede obtenerse nada que sea infinito.

«El planeta está perdiendo su equilibrio biofísico»

La necesidad de reflexionar sobre lo finito e infinito se está viendo precipitada por la emergencia medioambiental, que se desarrolla a lo largo de dos ejes dependientes entre sí. En un eje se sitúa la crisis climática provocada por el incremento brusco de la temperatura, en el otro lo hace el deterioro medioambiental, que incluye una dramática pérdida de biodiversidad. Como resultado, el planeta está perdiendo su equilibrio biofísico, adentrándose en una fase de transición incierta en la que se sucederán los episodios climáticos extremos, en la que escasearán el agua potable y los alimentos, y en la que numerosas especies se irán extinguiendo en cadena pues cada especie depende del resto de las especies para sobrevivir. Una fase de transición en la que la civilización humana puede acabar derrumbándose como un castillo de naipes.

Que el clima siempre ha cambiado lo sabe cualquiera que conozca mínimamente la historia de este planeta. Pero no es menos sabido que el brusco aumento de la temperatura debido a la emisión de gases de efecto invernadero de origen antropogénico está trayendo consigo una severa dislocación de este, que se traduce en un incremento de fenómenos extremos que provocan catástrofes: sequías, inundaciones, incendios, temperaturas extremas, pérdida de masas glaciales… Es urgente discontinuar la quema indiscriminada de combustibles fósiles, un objetivo al que se han sumado con entusiasmo los grandes emporios energéticos, no porque hayan experimentado una «epifanía ecológica», sino por los problemas que enfrentan derivados de la inminente escasez de petróleo tras haber rebasado su pico de extracción.

A día de hoy el 80% de la energía que consumimos sigue proviniendo de fuentes fósiles –carbón, petróleo, gas natural y derivados de estos–, mientras la emisión de CO2 ha continuado su escalada en 2022 tras remontar en 2021 a los niveles anteriores a la pandemia. Para ayudar a la gestión internacional de la crisis energética, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) ha elaborado el denominado escenario de Emisiones Netas Cero (NZE). Este escenario no es un modelo científico como los que elabora el IPCC, sino un posible camino tecnológico que permitiría alcanzar emisiones netas cero en 2050, en consonancia con las reducciones evaluadas por el IPCC en su Sexto Informe de Evaluación para limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5° C (con una probabilidad del 50%).

El camino se ha diseñado tomando en consideración algunos Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, como proporcionar electricidad a unos 800 millones de personas que no tienen acceso a ella y soluciones limpias para cocinar a otros 2.600. Así mismo, supone que en 2050 la población mundial superará los 9.500 millones de personas, y que el producto interior bruto per cápita se irá incrementando en un 2% anual en promedio. El escenario también supone que la demanda mundial de energía en 2050 será un 8% menor que la actual, siendo no obstante capaz de satisfacer un volumen económico que casi dobla el actual. Dicho de otra forma, y para evitar malos entendidos, el NZE asume que la energía disponible es limitada, estimando su valor para 2050 como un parámetro más del escenario.

Para conseguir estos objetivos el NZE plantea una reversión drástica de energía fósil a renovable de aquí a 2050, mantener ligeramente al alza la producción nuclear, limitar la producción fósil a procesos que incorporan la captura y almacenado de CO2, y multiplicar por 2,5 la electrificación.  La IEA deja claro que la viabilidad del plan reposa sobre un fuerte ritmo de innovación en tecnologías nuevas y emergentes, sobre la disponibilidad de bioenergía sostenible, y sobre una eficaz colaboración internacional. Queda fuera de toda duda que el desafío tecnológico es sencillamente colosal, pero vamos a hacer un acto de fe confiando en la extraordinaria capacidad de innovación humana para el desarrollo y puesta a punto en tiempo récord de las tecnologías necesarias, y también en que habrá reservas suficientes de materias primas, en particular de esas tierras llamadas raras que son imprescindibles para el gigantesco despliegue de renovables necesario de aquí a 2050. No menos importante resulta mantener la fe en la fortaleza de las alianzas internacionales, para lo cual pretenderemos no darnos por enterados del clima prebélico que sacude al mundo.

Correlación entre consumo de energía y PIB

En la figura 1 mostramos el producto interior bruto (PIB) frente al consumo energético (en el que se incluye electricidad, transporte, calefacción…) para los distintos países. Ambas cantidades han sido promediadas por persona para que la población de cada país no enmascare el análisis. El punto amarillo es el promedio mundial a día de hoy, mientras que el verde corresponde a 2050 de alcanzarse el escenario NZE. Los datos para cada país han sido extraídos de la fantástica iniciativa Our World in Data, que considera la información como un asunto de interés público para ayudar a resolver los problemas del mundo.

Es importante notar que los ejes se han dibujado en escala logarítmica para que se aprecie mejor la espectacular correlación que existe entre consumo de energía y producto interior bruto (ambos en valores medio por persona tal y como hemos explicado) dada la desigualdad tan brutal que existe entre los países. El ciudadano medio de Qatar, el país más rico, tiene un PIB que es 250 veces el del ciudadano medio de la República Centroafricana, el país más pobre, y consume 700 veces más energía. El nivel de desigualdad entre las distintas regiones del mundo también podemos verlo en la figura 2, donde mostramos la evolución del consumo de energía per cápita en distintas regiones del planeta en los últimos 40 años. (Han transcurrido 50 desde la publicación del histórico libro Los Límites del Crecimiento).

La correlación entre consumo de energía y PIB no debería extrañarnos. El PIB es el volumen de actividad económica, es decir, el volumen de lo que se produce expresado en términos monetarios, y para producir cualquier cosa, ya sea un bien o un servicio, se necesita energía. No debemos caer en el error de interpretar la gráfica de la figura 1 pensando que la correlación se debe a que, a más dinero disponible (PIB), más energía podemos consumir. Aunque esto obviamente es cierto, el proceso primario es el inverso: una mayor disponibilidad de energía (la causa) permite producir más, lo que aumenta el PIB (el efecto). La base de toda actividad es la energía, algo que cualquier físico conoce sobradamente pero que suele obviarse cuando la discusión versa sobre la actividad económica. Nada de lo que hacemos es gratis en términos energéticos, ¡ni respirar! La vida necesita energía para cumplir sus funciones, para vivir, y cuanto más compleja es, como es el caso de los seres humanos con nuestro elevado nivel de tecnificación, mayor es el consumo energético requerido.

Por supuesto, una misma actividad puede llevarse a cabo con mayor o menor eficiencia energética (no todos los coches capaces de trasladarte del punto A al punto B consumen lo mismo, por poner un ejemplo). Pero la «eficiencia infinita» no existe: toda actividad requiere una cierta cantidad mínima de energía para ser llevada a término. Negarlo nos conduce nuevamente a ese pensamiento mágico que parecen practicar algunos economistas, dejándose arrastrar por un entusiasmo que no es compartido por quienes conocemos las leyes de la física.

Precisamente la eficiencia es lo que permite explicar la aparente contradicción entre el crecimiento del PIB y la disminución del consumo de energía de aquí a 2050 en el NZE. Concretamente el escenario supone que la eficiencia en los procesos gracias a las nuevas tecnologías permitirá un ahorro en el consumo medio per cápita del 25%. En las gráficas de las figuras 1 y 2 esta eficiencia se traduce en un desplazamiento hacia valores más moderados de consumo, desplazamientos que serán más o menos acusados según sea el nivel de eficiencia (y/o derroche) actual, pero que en ningún caso resolverán las diferencias abismales que existen entre los países. Pongamos un ejemplo concreto: España. Si aplicamos un 25% de eficiencia a nuestro consumo energético actual por persona, el valor que obtenemos sigue siendo muy superior a la media prevista para 2050 en el NZE, concretamente un 65%.

La conclusión es muy clara: nuestro consumo actual de energía por persona sólo podrá mantenerse a expensas de que se perpetúe la desigualdad entre países. La energía que consumimos de más, en relación a la energía media disponible per cápita, corre a expensas de la que no consumen otras personas de este planeta nacidas en lugares desfavorecidos; a expensas de esos otros contra los que nos dicen que debemos proteger nuestro jardín, llegando al extremo canallesco de permitir que se ahoguen en el mar por la descortesía de abordar nuestras costas sin haber sido invitados.

Dejando de lado cualquier otra consideración relacionada con la dramática situación de deterioro medioambiental en la que nos encontramos, y dando por factible el NZE (o cualquier otro camino tecnológico similar) en un acto de optimismo sin parangón, es fácil ver que Occidente sólo tiene ante sí dos posibles alternativas: un fuerte decrecimiento, o tratar de mantener el neocolonialismo extractivista como modus operandi. Es importante subrayar que decimos «tratar de mantener» para hacernos eco de los vientos de cambio que han comenzado a soplar… El cada vez más fuerte alineamiento de los países desfavorecidos con los BRICS, que por primera vez han superado en volumen económico al G7, es una señal de que los pobres podrían estar hartándose de su situación de explotación y miseria. Si esto fuese así, la (odiosa) opción de perpetuar la injusticia para mantener nuestro nivel de vida sería cada vez menos factible, lo que convierte al «crecer o no crecer» en un falso dilema. La realidad, tozuda, sólo nos deja una opción, decrecer, aunque abre ante nosotros un nuevo dilema no menos importante, y urgente de abordar: cómo decrecer. Podemos hacerlo planificadamente, o dejar que nos atropellen los acontecimientos.    

Decrecimiento planificado

En el camino del decrecimiento planificado, que es el camino deseable pues el otro nos aboca a un auténtico desastre, uno de los primeros pasos que deberíamos dar es desterrar el PIB como indicador de bienestar. Utilizar un indicador cuya unidad es el dinero, esa herramienta ideada para el intercambio de riqueza cuya finalidad ha sido completamente adulterada, conduce a engaños y trilerismos financieros que ocultan los tejemanejes que se suceden tras las bambalinas. El crecimiento del PIB es el corazón de un sistema crematístico basado en la ambición desmedida, y también en la estafa mutua, como notó Ciro el Grande refiriéndose a los mercados de las polis griegas.

Debemos abandonar este sistema orientado al enriquecimiento per se cuyas actividades contra natura nos deshumanizan –que ya lo advirtió Aristóteles– para sustituirlo por un auténtico sistema económico en el sentido etimológico de la palabra, por una nueva, justa y más humana forma de «administrar nuestro hogar», nuestra casa común, nuestro planeta.

Este nuevo sistema debería utilizar como unidad de medida la energía, que es la base de la vida, y ser orquestado bajo el paraguas de una nueva ética que reemplace egoísmo por empatía, que sustituya el yo por el nosotros en un sentido amplio e interespecista.

Los humanos somos parte de una gigantesca red de seres que existen en interdependencia, una red por la que fluye la energía, manteniéndola iluminada con ese milagro al que llamamos vida. Como en cualquier otra red, una fuerte sobrecarga en alguno de sus nodos puede producir daños irreparables en toda la red, daños como los que ya estamos comenzando a sufrir.

*Ana Campos es doctora en Astrofísica por la Universidad de Granada y experta en transformación digital.

Fuente: Climática La Marea

11/10/2023

 

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