Más de cuatrocientas personas se reunieron el sábado 13 de junio en la Escuela Normal de Paraná para el 3er Encuentro Provincial de Derechos Humanos de Entre Ríos que combinó militancia, divulgación de la ciencia, pedagogías y reflexiones entre diferentes corrientes políticas desde el arco kirchnerista hacia la izquierda. La diversidad de personalidades e instituciones garantizó profundidad y complejidad de las situaciones abordadas. Participaron organizaciones de derechos humanos, universitarios, estudiantes, militantes de centros de estudiante, partidos políticos, organizaciones apartidistas, pueblos originarios, movimientos sociales y ambientalistas, personal de salud, docentes, trabajadores de la cultura, trabajadores en lucha de la fábrica Tres Arroyos y otras personas auto-convocadas. Esta crónica busca trasmitir lo ocurrido aquel día en la Comisión de Ambiente y Pueblos originarios.

El espíritu del evento fue enlazar memorias, debates y futuro. Memoria como un proceso vivo que se debe alimentar a partir de las luchas del presente, aprendiendo del pasado. La invitación fue a debatir sobre la trama de continuidades genocidas y los atropellos actuales a los derechos humanos, con el fin de construir hojas de ruta para transformar los problemas de hoy. El periodista, escritor y político argentino de izquierda nacional Carlos del Frade, en la mesa de apertura -que tuvo tres oradores- llamó a recuperar las acciones que todos los días hacen maestros, educadores populares, artistas y emprendedores que generan la alegría cotidiana que sostiene vidas, «aún dentro del proceso de saqueo permanente al cual estamos sometidos». Desde allí, la esperanza y la alegría fueron las guías dentro de cada una de las catorce comisiones que trabajaron durante dos horas y media.
El objetivo de la Comisión de Ambiente y Pueblos Originarios, que se congregó en un aula del primer piso, fue incluir a las comunidades indígenas en el debate sobre los derechos humanos y ambientales. Junto a organizaciones ambientalistas y personas preocupadas por el devenir de estos territorios, participaron Ukai y Romina del pueblo-nación Charrúa, quienes colocaron su bandera y elementos representativos en el centro de la ronda. En la fotografía se puede ver también el mapa que se fue completando colectivamente. El punto de partida fueron las conclusiones del 2° Encuentro Provincial de Derechos Humanos realizado en Gualeguaychú el año pasado. La dinámica de trabajo comenzó con unas palabras de apertura de Enzo Culasso Orué y Ukai para dar lugar a una ronda de presentaciones en la que cada persona debía compartir dos problemáticas socioambientales de su territorio que fueron insumos del mapeo realizado. Finalmente, hubo un momento de debate que, partiendo del diagnóstico provincial realizado, permitió enumerar posibles acciones futuras.

Este fue el primer año en que los pueblos indígenas participaron de estos encuentros. Su incorporación a la comisión de ambiente no fue casual: quienes la impulsaron y organizaron comparten la experiencia de habitar el territorio. Pueblos originarios y ambientalistas mantienen una relación cotidiana con los montes, los ríos y los arroyos; trabajan en áreas naturales protegidas, restauran flora nativa, se curan con plantas medicinales, viven en zonas rurales y navegan las cuencas hídricas que los rodean. Esa cercanía con el entorno les permite reconocer tanto su riqueza como sus dolencias. Desde trayectorias, lenguajes y cosmovisiones distintas, los y las participantes poseen una certeza en común: cuidar el territorio es una forma de cuidar a la sociedad toda. Es por esto que uno de los principales lemas de la comisión fue «no hay justicia social sin justicia ambiental».
A lo largo del debate se demostró que los índices más altos de explotación ambiental coinciden territorialmente con los mayores índices de desigualdad y de pobreza, lo que genera que el mapa de los extractivismos encastre con el mapa del empobrecimiento. Pobreza que no es sólo económica, sino también cultural y espiritual. La identidad de los pueblos se encuentra anclada a un territorio, por lo cual destruirlo es agrietar el sentido de pertenencia. Son piezas del programa del capitalismo dependiente.
Se planteó la necesidad de recuperar las luchas y resistencias a la destrucción socio-ambiental. En Entre Ríos son memorables la organización contra la represa del Paraná Medio en 1996 y contra la papelera en Gualeguaychú, el movimiento contra el fracking y por una vida sin agrotóxicos. Se recordaron las luchas ganadas y las aún vigentes como contra las hidrovías que pretenden la artificialización de los cursos de agua, la planta HIF Global que producirá e-metanol y e-gasolina frente a Colón y el modelo agroindustrial que atraviesa la provincia contaminando las aguas superficiales y subterráneas, los suelos y los seres vivos.
Entre las intervenciones apareció con fuerza una demanda que, para los pueblos indígenas, no admite negociación: que el Estado reconozca el genocidio cometido contra los pueblos originarios. En el proceso de formación del Estado nación no solo hubo muerte, sino también esclavización, despojo y sometimiento. Nombrar esa violencia histórica no remite únicamente al pasado; también permite leer las continuidades del presente. En ese marco resonó la noción de terricidio, elaborada por Moira Millán: una categoría que amplía la idea de ecocidio para dar cuenta de una trama más profunda de devastación. En esa trama, el extractivismo no arrasa solo montes, ríos o montañas: también destruye vidas, memorias y formas de existencia.
Desde esta comisión de trabajo se proclamó el derecho a un ambiente sano y equilibrado como un derecho humano fundamental debido a la inter-relación que existe entre ellos. Sin agua no-envenenada, alimentos sin agrotóxicos, espacios verdes de esparcimiento, leña para calefaccionar u oxígeno limpio para respirar, es imposible garantizar muchos de los derechos que se consideran humanos. La vida humana es sólo posible en interdependencia con los no-humanos, por eso la lucha también debe incluir la vida de los ríos, pájaros, árboles y colinas. Estas conclusiones destacaron que si aún hoy domina el racismo y el extractivismo en la sociedad, incluir a los pueblos originarios y a los seres no-humanos en un encuentro de derechos humanos es una llama de esperanza para construir el mundo que deseamos.

DE 170 ESCALONES
TEXTO LUISINA GAREIS
FOTOGRAFÍAS ENZO CULASSO ORUÉ











