Por Hijos del Churqui* en Tierra Viva. Fotos de Natalia Roca
La clásica frase “500 años igual” evoca la idea de una continuidad de circunstancias, luchas o condiciones a lo largo del tiempo, a pesar del paso de los siglos. El quebracho de 300 años de Villa Allende —que el gobierno provincial insiste en arrasarlo— da cuenta de un árbol como testigo y símbolo de una resistencia que perdura, subraya la supervivencia de patrones históricos y sociales.
La situación del quebracho se ha transformado en un grito de batalla en la localidad de Córdoba, epicentro de una disputa sin cuartel entre la comunidad y las autoridades. Este monumento natural y “cultural” viviente, que ha sido testigo silencioso de la evolución de la región y guardián de una memoria ancestral profunda, se encuentra bajo amenaza de remoción para dar paso a la extensión de una traza lineal en una avenida que pretende mejorar 5,4 kilómetros la conectividad de Villa Allende con la ciudad de Córdoba y las localidades del corredor de Sierras Chicas.
La decisión de sacrificar al quebracho, impulsada por esferas gubernamentales y respaldada por instancias judiciales, ha encendido la chispa de la resistencia vecinal. Para los habitantes de Villa Allende, que ven como una amenaza al poco bosque nativo que queda en la provincia, este árbol no es solo parte del paisaje: es un símbolo arraigado en la identidad local, un pulmón verde y un vestigio irreemplazable de la historia de la provincia. Su valor se amplifica al considerarlo un “Hatun tayta” de la naturaleza, un “abuelo sabio” que ha custodiado el territorio por siglos, tal como lo describen las culturas originarias.
La conexión con el pasado es innegable. Carmen Yamberla, líder del Pueblo Kichwas Ilumán de Imbabura (Ecuador), compartió en 2019 una reflexión que resuena con la lucha por el quebracho de Villa Allende: “Las familias originarias ‘se movían en el contorno de un ‘Hatun tayta’ que los dirigía. Él era el ‘abuelo’, el que más sabe, es el que más conoce de las cosas. Es la persona más respetada por todos, no porque sea cruel sino por su sabiduría, por su conocimiento. El ‘Hatun tayta’ es el único que velaba por ese conglomerado de personas en su entorno'”.
Este quebracho de 300 años encarna la figura de un “abuelo” natural, un ser que ha velado por el ecosistema y la comunidad que lo rodea, acumulando sabiduría y vida en cada una de sus ramas y raíces. La frase de Yamberla, “sin Padre Sol no somos nada, sin la Madre Tierra no somos nadie”, subraya la interdependencia entre la humanidad y la naturaleza, una verdad que la comunidad de Villa Allende defiende fervientemente.
La filosofía de los vecinos se resume en una frase contundente: “El árbol no se toca”. Esta consigna se fundamenta en la propia naturaleza del quebracho: los árboles no entienden de traslados forzosos, de excusas disfrazadas, de promesas sin raíces. El quebracho blanco de Villa Allende ha visto siglos pasar sin moverse un paso. ¿Y ahora quieren llevarlo? ¿A dónde se lleva un corazón que late bajo tierra?
Y no está solo. Frente a su sombra acamparon los que sí saben que la vida no se negocia. Tienden lonas, hacen ronda, le cantan bajito como se le canta a un abuelo. La resistencia de la comunidad se ha manifestado con un acampe pacífico que se mantiene firme alrededor del árbol, convirtiéndose en el corazón de la protesta. Han elevado pedidos formales de reunión con las autoridades y llevado adelante masivas manifestaciones, visibilizando su profunda oposición al proyecto.
Sin embargo, la respuesta no siempre ha sido pacífica: llegaron con cascos, con órdenes y empujones. Y se llevaron a Silvia Majul, periodista con voz de raíz, por querer contar la verdad sin pedir permiso. No sabían que hay ramas que gritan más fuerte que todos los parlantes del poder. No sabían que hay pájaros que defienden sus nidos con más coraje que mil discursos.
Las autoridades debieran “proveer a la preservación del patrimonio natural y cultural”, según el artículo 41 de la Constitución Nacional. La disputa también se libra en el ámbito judicial, con un amparo presentado ante los tribunales y rechazado por “inadmisible”. Y una nueva medida cautelar presentada por la Fundación para la defensa del Ambiente (Funam), busca frenar la obra y proteger al quebracho, aunque los plazos judiciales se han visto intermitentemente frenados.
La legisladora Brenda Austin impulsó un proyecto de ley para declarar al quebracho monumento natural provincial. La ironía de la situación no pasa desapercibida: mientras el mundo discute acciones concretas contra el cambio climático, y la provincia de Córdoba es anfitriona de una cumbre climática, una decisión gubernamental post-cumbre podría implicar la destrucción de un ejemplar tricentenario de un ecosistema en extinción.
La causa del quebracho de Villa Allende ha trascendido las fronteras locales, atrayendo la atención de figuras públicas y organizaciones de renombre. Reconocidos actores y músicos nacionales, conmovidos por la resistencia, han manifestado su apoyo públicamente, utilizando sus plataformas para amplificar la voz de los vecinos. La consigna #SalvemosAlQuebracho ya resuena en diversas redes digitales, uniendo voluntades.
Figuras como Guillermo Galliano caminan firmes “con la causa al hombro como un tronco sagrado”, mientras que Fundación Mil Aves, con “alas abiertas al monte”, lucha para que “el árbol no caiga en silencio”. A su vez, organizaciones nacionales e internacionales dedicadas a la defensa del medio ambiente y el patrimonio cultural han sumado su respaldo, elevando la problemática a una dimensión global y presionando por una resolución que priorice la conservación sobre la expansión vial.
Porque no es solo un quebracho. Es territorio, es dignidad, es el derecho a no ser arrancado. Y mientras haya quien acampe, quien grabe, quien denuncie, quien se ponga de pie como un tronco viejo, el árbol no estará solo.
La situación del quebracho es un reflejo de desafíos más amplios que enfrenta nuestra sociedad. Las diferencias de pensamiento y capacidad son una realidad que debemos enfrentar con valentía y determinación. Sin embargo, cuando se resiste desde el dogma electoral, es evidente que la diferencia se convierte en un obstáculo insuperable. El patrón de pensamiento que nos llevó a esta situación debe ser cuestionado y transformado.
Es fundamental dejar de lado el negacionismo y la falta de constancia en la acción. El diálogo, la gestión y la militancia se vuelven herramientas esenciales para abordar estos desafíos. La comunidad de Villa Allende está demostrando la importancia de “atender lo simbólico y valorar lo emergente desde el terreno, sin dejar que la burocracia y la indiferencia nos frenen”.
No se puede permitir que la prioridad quede solo en la agenda sin ser abordada de manera efectiva. La capacidad para resolver problemas no es un privilegio de unos pocos, sino una responsabilidad compartida. La diferencia, en lugar de ser un obstáculo, puede ser una oportunidad para crecer y aprender. La pregunta es: ¿Estás dispuesto a unirte a la lucha por un futuro mejor? La comunidad de Villa Allende ya ha respondido, con su defensa de un quebracho que representa mucho más que un simple árbol: es la dignidad, la historia y la vida misma.
La resistencia en Villa Allende, al igual que la vida misma del quebracho, puede entenderse a través de la metáfora del rizoma. En botánica, un rizoma es un tallo subterráneo que crece horizontalmente, del cual brotan raíces y nuevos tallos. A diferencia de las raíces de un árbol (que suelen tener un punto central y una jerarquía de ramificaciones), el rizoma se expande en múltiples direcciones, conectando puntos diversos sin un centro fijo, y si se corta en un lugar, puede regenerarse y encontrar nuevas vías.
Esta imagen, popularizada por los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari, se convierte en una poderosa herramienta para comprender la lucha por el quebracho.
Los vecinos no operan desde una única autoridad o un plan lineal inquebrantable. Su movimiento es rizomático porque enfrenta distintas realidades como múltiples conexiones, diversas voces (vecinos, periodistas, artistas, organizaciones ambientalistas), que se “enganchan” y se apoyan mutuamente sin una jerarquía rígida.
Se logra una expansión horizontal donde la causa se propaga, no solo por medios tradicionales, sino a través de redes sociales y de boca a boca, alcanzando nuevos puntos y generando adhesiones inesperadas. Por lo tanto, esta resiliencia ante los cortes y a pesar de los intentos de silenciar (como la detención de la periodista) o de imponer una única dirección (la traza de la avenida), la lucha no se detiene.
Como un rizoma, encuentra nuevas formas de brotar y resistir. Podemos hablar de un pensamiento colectivo donde la sabiduría no reside en un único “tronco” de autoridad, sino en la red de ideas, experiencias y acciones que se entrelazan entre los participantes, generando un “mapa” dinámico de resistencia.
El quebracho, con sus raíces profundas y su conexión con la tierra, se convierte en un símbolo de esta vitalidad rizomática. Representa no solo la vida vegetal, sino también la capacidad de la comunidad para pensar y actuar de manera interconectada, diversa y resistente, demostrando que la verdadera fuerza no siempre reside en la verticalidad del poder, sino en la red horizontal de la solidaridad y la conciencia.
La lucha por el quebracho es un ejemplo palpable de cómo la vida, en sus formas más elementales y complejas, se resiste a ser arrancada y sigue tejiendo su propia red de existencia.
*Churqui es el nombre del estrato inferior del bosque, llamado así por la gente de campo. El colectivo “Hijos del Churqui” está integrado por Melina Dassano, Darío Ávila, Federico Kopta, Fernando Barri, Guillermo Galliano y José Luis Serrano (Jovita).