La edad del individuo debe terminar, nuestro mundo depende de esto
12/03/2020 | Los costes de una cultura centrada en una idea ilusoria de la autonomía personal nos están enfermando y calentando nuestro planeta. Pero una nueva era puede estar amaneciendo.
El mes pasado, mientras viajaba para ver a mi familia para unas Navidades muy templadas en el Reino Unido, pensaba en los incendios forestales que se producían simultáneamente en toda Australia. Son sólo un ejemplo de una larga serie de eventos climáticos extremos en 2019, incluyendo los ciclones en la India y Bangladesh que desplazaron a más de tres millones de personas, el ciclón Idai, que mató a más de 1.000 personas en el sur de África, las inundaciones que desplazaron a decenas de miles de personas en Irán, y municipios enteros arrasados por el huracán Dorian en las Bahamas. El año terminó con informes de tasas récord de derretimiento del hielo del Ártico que, gracias a los efectos de retroalimentación positiva, probablemente intensificarán el calentamiento del clima e influirán en el futuro de la humanidad.

Ante una catástrofe mundial, es difícil no sentirse intimidado. ¿Qué puedo hacer yo, un individuo, para enfrentar tal crisis? Al comprender que mis acciones diarias son en parte responsables del cambio climático, ciento una sensación de culpabilidad individual que me corroe.

Tal vez no sea sorprendente que me sienta así. Fui un niño de los años 80 y un adolescente de los 90: mis años de formación fueron durante algo así como la edad más individualista de la historia. Mientras aprendía las tablas de multiplicar en la escuela primaria, Margaret Thatcher le decía a la nación que no existía la sociedad. Durante mi adolescencia, la publicidad de productos y la globalización trajeron una nueva era de hiperconsumo, ya que fuimos bombardeados con programas educativos para fomentar la autoestima y programas de televisión como Big Brother, The X Factor y El Aprendíz, que glorificaban el autoengrandecimiento de maneras sutilmente diferentes.

Las mentes humanas en desarrollo son como esponjas y las nuestras estaban sumergidas en un lenguaje cada vez más individualista. Frases como "único", "personal", "yo" y "mío" fueron usadas con creciente frecuencia en las letras de canciones, programas de televisión y libros. Esta inmersión se cobró su precio: el análisis de los datos de casi 80 países muestra cómo la mayoría ha mostrado un marcado aumento de las actitudes individualistas en las últimas décadas.

Tener un fuerte sentido de sí mismo puede ser útil, pero el individualismo excesivo tiene sus costos. Cuanto más nos vemos como entidades discretas, más probable es que nos sintamos aislados y solos y que mostremos comportamientos "egoístas". Como consecuencia, los índices de ansiedad y depresión están aumentando en todo el mundo, mientras que las crisis climáticas y de la biodiversidad se profundizan cada vez más.

Sin embargo, los tiempos están cambiando. En la última década, es posible que hayamos visto un pico de individualismo. Los descubrimientos científicos han revelado cómo la percepción de un yo distinto es una ilusión. Nuestros cuerpos están hechos de materiales que alguna vez fueron parte de otros innumerables organismos, desde las antiguas plantas hasta los dinosaurios. La mayoría de las 37tn de nuestras células están dirigidas por un código genético que es una herencia compartida no sólo de la humanidad sino de toda la vida en la Tierra. Puedes pensar que tus experiencias de vida te definen, pero las redes neuronales en tu cerebro que las codifican están cambiando constantemente - ni siquiera eres la misma persona que eras cuando empezaste a leer este artículo. Y la nueva ciencia de las interconexiones sociales muestra cómo estamos tan estrechamente vinculados entre nosotros que las ideas, los comportamientos y las preferencias fluyen entre nosotros de una manera que no deja claro dónde termina una mente y dónde comienza otra.

Y la gente está encontrando un nuevo valor en formar parte de grupos, ya sea a través del activismo (Rebelión de la Extinción, huelgas juveniles, afiliación a partidos políticos) o de actividades de ocio (clubes de lectura, festivales, maratones). Las nuevas investigaciones muestran que cuando las personas tienen un sentido más amplio de identidad de grupo (por ejemplo, al verse a sí mismos como ciudadanos globales, en lugar de abrazar el nacionalismo), tienden a ser más propensos a participar en comportamientos pro-ambientales, tales como la reducción de sus emisiones de carbono, la compra sostenible y el voluntariado. Parece que está amaneciendo una nueva era de colectivismo, y la necesitamos urgente.

De manera que, ¿qué puede hacerse para que la gente realmente acepte ser parte de un grupo? Para responder a esta pregunta, vale la pena tener presente que la historia evolutiva de nuestros cerebros significa que somos susceptibles a ciertos prejuicios. Cuando las poblaciones se enfrentan a choques como una catástrofe medioambiental o un malestar social, es más probable que refuercen los lazos entre los miembros de su "grupo", al tiempo que se preocupan menos por los que están fuera del grupo. Se trata de un mecanismo de defensa para ayudar a los grupos a unirse y superar las dificultades. La investigación social ha demostrado que también funciona a nivel nacional: los países que enfrentan crisis tienen más probabilidades de mostrar prejuicios hacia los extranjeros y elegir líderes autoritarios. Se espera que las catástrofes ambientales sólo empeoren con el cambio climático, lo que significa que el nacionalismo podría crecer sólo por este sesgo evolutivo. Sin embargo, ¿es esta una respuesta sensata?

En 2020, vivimos en un mundo altamente globalizado, con flujos transfronterizos de dinero y personas, así como con impactos ambientales como la crisis climática y la contaminación del aire. Si nos unimos dentro de las naciones pero con menos consideración por el bienestar de otros más allá de esas fronteras, terminaremos dilapidando los bienes comunes globales, en última instancia en nuestro propio detrimento.

Sin embargo, hay esperanza. Las nuevas investigaciones muestran cómo podemos escapar del individualismo. Las actividades comunitarias al aire libre aumentan tanto nuestra conexión psicológica con los demás como con el mundo natural. Escapa de las ciudades para ir a dar un paseo con la familia o los amigos, o ser voluntario en un jardín o un parque cerca tan a menudo como puedas. Se ha comprobado que la meditación altera las redes neuronales del cerebro y reduce el autocentrismo, y se ha demostrado que las actividades solitarias, como leer y jugar a juegos de computadora, aumentan la empatía con los demás. Todos podemos hacer algo pequeño para formar parte de algo más grande y ayudar a resolver nuestros problemas globales. Sigamos adelante.

- Tom Oliver es profesor de ecología en la Universidad de Reading y autor de The Self Delusion, que se publicará el 23 de enero.

Fuente: The Guardian


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