Guaminí: 1500 hectáreas agroecológicas, libres de transgénicos y químicos
26/02/2019 | Agricultores de Guaminí (en el oeste bonaerense) comenzaron con 100 hectáreas de cultivos libres de transgénicos. Mantuvieron producción y redujeron costos. Ampliaron la superficie: 1500 hectáreas agroecológicas y van por más.
Por Darío Aranda

Guaminí significa en idioma mapuche "isla adentro" (de la gran laguna que existe en la zona). Está ubicada en el extremo oeste de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa. 2800 habitantes, calles anchas, casas bajas y tranquilidad que no se consigue en las ciudades. Las bicicletas duermen en la vereda sin cadenas ni candados. Incluso los autos quedan abiertos y nunca falta nada.

Pero lo más trascendente es una política pública local que desafía a un modelo global: el municipio reunió, y apoyó, a ocho productores para realizar una transición hacia la agroecología, producir alimentos sanos, libre de transgénicos y agrotóxicos. Comenzaron con 100 hectáreas y, en solo tres años, bajaron costos, mantuvieron buenos niveles productivos y ya cultivan 1500 hectáreas de alimentos sanos, libre de venenos.

A la defensiva:


El disparador fue el mismo padecer de cientos de pueblos del país. Las fumigaciones con agroquímicos rodeaban a viviendas e incluso a barrios enteros de Guaminí. En 2012 comenzó a gestarse la iniciativa para regular las distancias. Marcelo Schwerdt, director de Medio Ambienta del Municipio, estuvo entre los impulsores. Relevaron las escuelas rurales y confirmaron que el 80 por ciento estaba sufriendo la lluvia de agroquímicos, incluso con los niños en horario escolar.

En la localidad comenzó a darse a la conocida polarización entre quienes exigen el cuidado de la salud y el ambiente, y quienes remarcan la necesidad de producir.

Se conformó una mesa con distintos actores y surgió la idea de charlas-debates para avanzar en una ordenanza de regulación. Así llegaron hasta Guaminí referentes del agronegocio, que afirmaron que "no se puede producir sin químicos", investigadores que alertaron sobre los efectos en la salud y sectores de productores.

Marcelo Schwerdt observó un video en youtube de Eduardo Cerdá, ingeniero agrónomo, impulsor de agroecología extensiva (producción sin químicos ni transgénicos a mediana y gran escala, no sólo pequeñas superficies). Sin mucha expectativa de éxito, se contactó vía Facebook y lo invitó a una charla abierta en Guaminí.

Cerdá respondió a las pocas horas. La respuesta era afirmativa y proponía el 14 de abril.

"Fue impresionante", resume Marcelo Schwerdt, sin ocultar la admiración.

Cerdá hizo un repaso sobre las experiencias agroecológicas y detalló la experiencia de La Aurora (ver aquí), emprendimiento bonaerense que produce sin químicos desde hace veinte años.

Un grupo de productores quedó entusiasmado y propuso a Cerdá realizar una experiencia piloto. Lo pensó y sólo pidió que el Municipio se involucre. Y marcó sus límites: solo podría visitar los campos cada dos meses.

Comenzaba la experiencia agroecológica en el oeste bonaerense.

Voces:

"Fue un despertar. Ver algo distinto, con todo un abanico de posibilidades", recuerda Rafael Bilotta, en su casa centenaria del centro de Guaminí. Fue la vivienda de sus abuelos, de su madre y desde la década del 80 él vive allí. Comparte con sus hermanos un campo de 700 hectáreas, y siempre produjo como se hace en la zona, con químicos y más químicos.

Fabián Soracio estaba el día de la charla de Cerdá y también forma parte del grupo. Fue quien hizo la pregunta más incómoda aquel día: "¿Y qué hacés con el gramón (una maleza que tiene a maltraer a agrónomos y resiste a los litros y litros de herbicidas)?".

Cerdá fue sincero: "Aún no me ha pasado. Cuando me toque, te digo cómo lo hacemos".

Fueron ocho productores, con una pequeña porción de parcelas cada uno. En total era unas 100 hectáreas, en las que dejaron de echar venenos y sembraron avena, vicia, trébol rojo, sorgo, trigo, entre otros.

Miedo:

Fabián Soracio grafica uno de los pilares del agronegocio. "No quería aplicar tanto (herbicidas), pero cuando veía algunas malezas llamaba al agrónomo, que es �el que sabe’, y me decía que aplique más. Y yo lo hacía por algo muy básica, tenía miedo de no sacar buen rinde, y si no produzco lo pensado no puedo pagar las deudas, y me endeudo, y pierdo todo. El miedo estaba en toda esa cadena".

Mauricio Bleynat es tambero y productor agropecuario. Campo de 75 hectáreas que trabaja con su padre y su hija de 14 años. "Te meten en la cabeza que sin aplicación no producís. Y si no producís� perdés el campo".

Marcelo Schwerdt, que además de director de Ambiente es doctor en Biología, asiente con la cabeza. Es hijo de productor agropecuario y lo vivió desde chico. "Comenzás aplicando dos litros por hectárea, luego tres. Aparecen más malezas y ya te dicen que un poco más. Y así terminás echando más de diez litros. Es una agricultura de bidones (de químicos)", grafica.

Cambios:

Lo primero que hicieron fue hacer diagnósticos colectivos de los campos. Sucedió con la primera recorrida con Eduardo Cerdá. Iban todos juntos a los campos, escuchaban, miraban, proponían. Cambios concretos estaban en marcha: ya no estaba cada uno solo en su campo, sino con pares. Segundo: no era el agrónomo el que decidía qué hacer. Cerdá no tenía la verdad revelada, sólo sugería y, sobre todo, preguntaba. ¿Cuántos años cultivás lo mismo? ¿Tenés animales (vacunos)? ¿Cuántos? ¿Cuándo entran a comer a este lote? ¿Por qué aplicás? E infinidad de preguntas más.

Surgen anécdotas con otros "asesores" (como muchas veces se dice a los agrónomos). Todos tiene experiencia de casos en el que "el profesional" (otra forma de llamarlos) ni siquiera bajaba de la camioneta. Decía qué (y cuánto) químico había que aplicar sin siquiera detener el vehículo.

Fabián Soracio va más allá: "Es común que ni visitan el campo. Te dicen cuánto aplicar por teléfono".

Mauricio Bleynat es más duro: "Es un modelo que se maneja desde un escritorio. Ni siquiera viven en el campo. Es más, nos quieren echar a los que si vivimos y trabajamos en el campo".

Inicios:

Dejar de aplicar químicos y vuelta a rotación de cultivos (incluso algunos que hacía años no sembraban). Avena, vicia, trébol rojo, sorgo, trigo, cebada, maíz. Hacer trigo, aunque haya malezas en el medio y les parezca un pecado. Llamaban a Cerdá y le transmitían el temor de las malezas en el trigo. Del otro lado del teléfono, Cerdá los calmaba. Les decía que esperen dos semanas (hasta la próxima reunión), insistía en que no apliquen. Cuando tocaba la recorrida, la maleza ya había cedido. Una de las claves es que la maleza (en realidad es una planta no deseada) tenga competencia, y eso la hace ceder, perder fuerza, incluso desaparecer.

"Y se cosechó bien. Quizá el que manejaba la máquina puteaba un poco por algún cardo que había, pero daba muy buena producción", sonríe Rafael Bilotta.

También fue fundamental aprovechar los animales, que entren, coman, y bosteen en el mismo lugar (fertiliza el suelo, enriquece, conserva los nutrientes). Otra clave: dejar de desparasitar a todos los vacunos según calendario. La mirada veterinaria dominante es suministrar la conocida ivermectina (potente droga para ganados). La consecuencia no deseada es que afecta la bosta, y está no sirve para fertilizar los suelos.

Fabián Soracio explica que hay que mirar los animales y desparasitar según cada caso, viendo si es necesario, no por calendario y de manera general a todos.

Pasó el año, la media docena de visitas de Cerdá y los resultados fueron positivos: buena producción (igual o apenas por debajo de los campos con químicos), pero mucho menor costo de producción.

Aclaración (ellos mismos la realizan): hubo lotes particulares donde los resultados no fueron los esperados, donde aún deben probar opciones, pero en general fueron buenos de producción y rentabilidad positiva.

Otro hecho fundamental fue la visita a la charca La Aurora, en Benito Juárez. Allí conocieron las 650 hectáreas de Erna Bloti y Juan Kiehr, su trabajo de veinte años en agroecología. Los impactó.

"Me llamó la atención el suelo, nunca lo había visto con esas consistencia y olor. Era pura fertilidad. También los animales (vacas), el estado físico maravilloso, hasta en el pelaje se notaba", recuerda Rafael Bilotta y enumera una lista de hechos positivos, pero intenta resumirlos en dos puntos: "Se respira otro aire, y quiero que mi campo vaya en ese camino. Segundo, en La Aurora vi que era posible algo distinto, no era sólo teoría, lo vivimos recorriendo el campo. Es una fiesta".

Fuente: DSRmedios


Red Escuelas Verdes
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