El Boulevard sin árboles
01/11/2021 | Son las 11 de la mañana de un viernes de octubre veraniego. La brisa caliente no ayuda en nada a soportar el calor tristemente usual en esta época. Otros tantos grados más hace en las nuevas calles, divididas por un cantero central de cemento. Desde Feliciano hasta Ramírez, aún no hay árboles.

A un año de la apertura de los sobres de licitación de los trabajos de ensanche de boulevard Racedo en Paraná, todo parece haber transcurrido en un pliegue del tiempo. La cantidad de sucesos, idas y vueltas que vivió la obra y la virulenta lucha en torno a la misma, decantaron hoy en un paisaje desolador, en una calma tensa y triste, y en un clima de derrota, pero también de aprendizaje para vecinos y ambientalistas. 

Desde Maciá, en dirección hacia Racedo, el cielo se ve claro como nunca y, a partir de ahora, como siempre. El paisaje desolador choca desde varias cuadras antes de llegar a Avenida Ramírez. Los árboles que ya no están allí, parecen dejar todavía su huella en ese cielo celeste, que sustituye el verde de las copas de los árboles de más de 80 años que ya no están. 

En la esquina de Racedo y Ramírez, el polvo del cemento recién terminado se siente en el aire. La nueva calle se abre inmensa entre las casas, y se deja ver, desnuda, la obra de 550 metros, hasta Avenida de las Américas. 

En esa esquina ocurrieron los hechos más virulentos que atravesó la disputa. Un lunes 22 de marzo, mientras las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo llamaban a “plantar memoria”, delegados de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (Uocra), trabajadores de la empresa Paulina Castro de Demartín e Hijos S.R.L., y la Policía de Entre Ríos, detuvieron a dos personas. 

“La memoria despierta para herir”, dice la canción. 

–No estaba poniendo mi cuerpo ahí–, dice Luz, como si eso para ella fuera casi obligatorio, natural. Antes, la policía había agredido a otros activistas, y se necesitaba gente en las calles. 

María Luz Omar Zboron parece recordarlo todo. Los gritos. La cabeza en la caja de la camioneta. La nuca aplastada por la policía. Incluso, los momentos previos: “Salgo un rato”, le había dicho esa mañana a su pareja, mientras preparaba a su perra Loli. Aunque también parece no querer hablar de eso. Va más allá. Se fija en el presente. 

“Soy cuidadosa con las palabras, así que teneme paciencia”, advierte con una sonrisa calma. 

–Si una ve lo que quedó de la obra, lo primero que aparece es una sensación de derrota–, piensa, al tiempo que achina los ojos, para buscar otra palabra. Pero ratifica: “De derrota. No le tengo miedo a esa palabra. Prefiero eso que la resignación. Fue una derrota con vistas a un reclamo muy concreto: no a la tala, no al ensanche”. 

Y ambas ocurrieron. No hay un número preciso de cuántos árboles se talaron. Fueron 72 fresnos, más otros de la “segunda hilera”, de la que sólo sobrevivieron algunos. En la vereda sur, los frentes de las casas se ven tan límpidos como asoleados. 

Son las 11 de la mañana de un viernes de octubre veraniego. La brisa caliente no ayuda en nada a soportar el calor tristemente usual en esta época. Otros tantos grados más hace en las nuevas calles, divididas por un cantero central de cemento. Desde Feliciano hasta Ramírez, aún no hay árboles. 

Luz no pasó más por la zona. No por olvido o porque no le importe. Más bien, por lo contrario. “La situación fue terrible. Nos hizo mucho daño. Vivo a 12 cuadras y no fui nunca”. 

–¿Por qué? 

–Porque el día que pasé me dieron ganas de hacer vandalismo, y me tengo que cuidar. El vandalismo es lo que hacemos las personas cuando el poder nos agobia y nos agota. Pero puede ser muy dañino y quedar en una anécdota grupal. 

La lucha fue tan vertiginosa como inabarcable. La cantidad de acontecimientos no entrarían en una crónica, en una mente, en una vida. A veces, se hace insoportable. Sin embargo, Luz aprendió. 

“Nos ayudó a saber cómo actuar en el futuro, nos dio experiencia. Y hay cosas que no vamos a conceder”, expresa, con feroz calma. “Aprendimos que la construcción es con quienes habitan el espacio, es la única resistencia posible”. 

*** 

En el recorrido por las ahora angostas veredas, el sol azota más fuerte, y se dimensiona el tamaño de la galería natural que allí habitaba. Algunas ramas secas quedaron ahí, olvidadas. Otras sirven como parante para sostener una cinta que reza “no pasar”.  

Pero lo más llamativo son las raíces. 

En la vereda sur, los frentes de las casas se exhiben desnudos y tristes y brillantes, bañados de sol. Allí, donde debía haber árboles, ahora hay sol. La tierra removida y mezclada con escombros forma una especie de barranca que bordea toda la anchísima calle sin terminar. Desde esa tierra, brotan las raíces secas de los árboles que ya no están, como una huella imborrable de lo que fue. 

Los árboles fueron el foco más grande del conflicto. Pero, desde luego, no el único. 

Enzo Culasso Orué recuerda perfectamente la provocación y el hostigamiento de ese lunes de marzo, cuando obreros comenzaron a talar sin ningún tapujo los árboles. Pero Enzo recuerda también otros momentos de la disputa. 

–Hay una lectura de los funcionarios: los ecologistas querían que se trasplanten árboles, y eso salió una millonada y después no vivieron. Como que eso fue un capricho. No pedíamos que se trasplanten los árboles, queríamos que haga una obra con los que estaban allí. No era “salvar los árboles”, corrieron la discusión para ese lado, y ahí caímos en que somos unos “abraza árboles” y demás, como un ambientalismo tonto. 

Enzo explica sin dejar de sonreír, pero cada vez más enojado durante la charla. La impotencia se ve a través de sus anteojos, se puede sentir.

 â€“La discusión es más enriquecida si tenés en cuenta los nuevos paradigmas, cómo se organiza una ciudad, quién decide cómo se hace, con qué perspectiva lo hacés. Porque esto tiene una clara perspectiva desde los automóviles. 

Pero Enzo es abogado, y también recuerda cómo manejaron las instancias legales. 

–La mediación se tiene que dar antes, en la instancia de la evaluación del impacto ambiental. No sólo es evaluación del impacto, sino una instancia de representación ciudadana. El estado tiene que propiciar esa participación desde el inicio del proyecto, pero la concepción de la participación ciudadana es una etapa que está en la finalización de la obra. 

–Como un visto bueno. 

–Exacto. Pero la participación es un momento para nutrir el proyecto. Y eso no se hizo, porque la obra se calificó como de bajo impacto ambiental por la Secretaría de Ambiente. 

En Entre Ríos, la Secretaría de Ambiente está dentro de la órbita del Ministerio de la Producción. Lo ambiental está supeditado a lo productivo. El problema es estructural. 

Y Enzo también sentencia: “Racedo se llevó puesto un montón de cosas, por eso el conflicto fue tan grande”. 

Ese “montón de cosas” era una mesa de arbolado urbano, que se había conformado hacía un año, y que planeaba realizar una ordenanza integral sobre arbolado. Inclusive, iban a censar los árboles de la ciudad, para darse cuenta de en dónde faltaban, y el estado de los árboles. 

El conflicto de Racedo colisionó un montón de proyectos, y les echó un manto de cemento encima a la confianza que había depositado una parte de la sociedad en cierta construcción. Pero otros reverdecieron. 

“No se perdió, se formó un grupo, la Asamblea de Arbolado de Paraná. Cada vez que haya una cuestión así, se harán asambleas y se participara. Los vecinos se dan cuenta del valor ambiental, no fue en vano. Se perdió en lo fáctico, en lo técnico. Pero en lo simbólico se ganó muchísimo”. 

*** 

En el cantero central, los 20 nuevos lapachos centrales se erigen, e intentan reemplazar lo irremplazable. Se mantienen estoicos, aún pequeños ante el asfalto que los abraza y los abrazará. 

–Van a crecer, porque son árboles nobles–, dice Alfredo Grimaux, que es Profesor en Ciencias Naturales y maestreando de la Maestría en Evaluación de Políticas Públicas. Luego explica que el cantero de cemento que los rodea va a alcanzar los 80 grados de temperatura en verano, y que eso quemará las raíces más finas, que son las que utilizan para tomar agua. Alfredo estudió la obra técnicamente desde el comienzo. Primero, como consultor externo de los vecinos. Luego, se involucró e incluso estuvo en las audiencias de conciliación. 

–No nos dejaron filmar la segunda audiencia, sólo lo hizo la Municipalidad. Y hasta hoy no tenemos ese video. 

–¿Por qué? 

–Porque prometieron cosas que no cumplieron. 

No estuvo presente en la tala de árboles, porque le duele. Se le ve en los ojos, en la mirada. “Uno sufre mucho, porque le impacta cómo modificaron tan negativamente un lugar”, explica. 

–¿Cómo está la obra hoy? 

–Fui muchas veces, y el lugar está explotado desastrosamente. 

Se talaron 72 fresnos, más los árboles de la segunda línea, entre los que había espinillos, plátanos y chivatos. De los árboles, ahora, sólo queda el cielo. 

Pero Alfredo vuelve a los lapachos. Parece estar preocupado por los nuevos árboles. Cuando un ejemplar sufre, él también. 

–Que esos árboles vivan no significa que hiciste una buena obra. Los arbolitos tratan de defenderse de la agresión. La copa no va a ser grande, no va a bajar la temperatura del asfalto. 

Pero el árbol es noble. 

*** 

En la esquina de Racedo con Avenida de las Américas, continúan latentes las imágenes de las vallas antimotines que puso el municipio un día lluvioso de abril, en medio de la madrugada. Así, se rompió la mediación. 

–Había que presentar DNI para entrar al barrio –recuerda una vecina. 

Los vecinos frentistas de calle Racedo prefirieron mantenerse anónimos. Por miedo, por cansancio, para “no aparecer más” o porque “no quieren saber más nada” con la obra. Con el “planchón de cemento”. 

El cielo a la vista, los flacos lapachos nuevos y los árboles que no están, el río de asfalto que divide las casas, las máquinas que todavía retumban y hacen vibrar las casas, anuncian lo que quedó de la lucha feroz entre vecinos y municipio. 

Aunque por separado, el vecino y las dos vecinas utilizaron las mismas expresiones o metáforas: desolación y bombardeo. 

–Quedó lo que se denunció que iba a ser. Un planchón de cemento. Rompieron todo. 

–Antes, cuando uno llegaba al barrio, era un oasis de frescura y paz. Ahora sólo hay cemento y un calor abrazador. Es como si una bomba hubiera detonado todo lo que teníamos. 

El sol del mediodía de un viernes de octubre impacta de lleno en el frente de las casas. 

Mientras tanto, los sentimientos varían. Por un lado, resignación: “No es derrota, porque eso es cuando diste todo y hubo alguien mejor. Resignación es cuando vos tuviste razón, y el otro se impuso porque es más fuerte, y tiene más poder y dinero”, dice uno de los vecinos. 

Otra vecina expresa: “Más que derrota es nostalgia o depresión. Hubo vecinos que tuvieron que ir a salud mental del Hospital Escuela, a terapia, les costaba mucho soportar la situación. Hoy es tema recurrente entre los vecinos, muchos todavía lloran”. 

La tercera, menciona: “El sentimiento general de los vecinos es de pérdida irreparable. Fuimos avasallados y violentados. Creo que nunca llegaremos a acostumbrarnos, es demasiado impactante el cambio”. 

Todos destacan que los árboles no son el único problema. Que, en realidad, es la disminución en la calidad de vida, y la ausencia de soluciones que la obra tendrá con el tránsito de la ciudad. Además, señalan que el espíritu del barrio se perderá, que los niños y las niñas no podrán jugar afuera, y que la gente mayor sufrirá mucho. 

***

Luego de recorrer la obra casi finalizada, se recapitula lo sucedido en un año, que pareció ser cinco, diez o veinte. Se vuelve al comienzo, quinientos cincuenta metros atrás, trescientos sesenta y tantos días antes, setenta y dos millones de pesos menos. 

“El otro aprendizaje es que quedó un relato y una discusión abierta, que quedaron en la mirada ciudadana”, dice Luz. Y también quedó una asamblea, y un cambio de paradigma con relación la obra pública. También quedó un precedente en la justicia, y un río de cemento y polvo. 

Aún más allá, en el ex hipódromo, en la Plaza de las Mujeres, uno de los 13 fresnos rebrota tibiamente con el calor de octubre.  Los árboles son nobles. 

Aunque, claro, no es consuelo.

 

Por Aquiles Díaz

Fotos: Aquiles Díaz.

Pasante de las Prácticas Curriculares de la carrera de Comunicación Social de la Facultad de Ciencias de la Educación (FCEdu) de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER).

 

Para la Redacción de ERA Verde.

Red Escuelas Verdes
Suscripción al Boletín
Nombre:
mail:
La suscripción al boletín se envió
correctamente.

Muchas gracias

.:volver:.
Complete los datos requeridos.
Si no se envía el formulario intente
nuevamente mas tarde.

Muchas Gracias.

.:volver:.
Ud ya se encuentra registrado en
nuestro Boletín Ambiental .

Muchas Gracias.

.:volver:.
Destinatario:
e-mail:
Remitente:
Nombre:
e-mail:
Mensaje:
Código: captcha
ECOURBANO mantendrá absoluta confidencialidad de los datos personales brindados por nuestros visitantes. Los servicios de información por correo electrónico que ofrecemos se realizan con el expreso consentimiento de los usuarios.
El mensaje se envió en forma correcta.
Muchas gracias por comunicarse.
Ocurrió un error y no se pudo enviar el mensaje.
Intente nuevamente en unos instantes.
pie